Amarna en la Playground Magazine: “Las estrellas del porno también leen”

Conozco el trabajo de Luna Miguel desde hace años y lo cierto es que ¡Adoro a esta chica! Escritora, poeta y alma libre. Echadle un ojo a su blog porque merece la pena.

La cuestión es que hace un par de días recibí un e-mail de semejante señorita preguntándome si me apetecía colaborar en la Playground Magazine, donde ella es redactora. La propuesta era suculenta: enviarle mis cinco poesías favoritas relacionadas con el amor, el sexo y las relaciones.

Esto es como si llega Picasso y te pregunta cuales son tus cinco cuadros favoritos. Mierda. ¿Qué contesto? Me gusta la poesía, pero desde luego no soy una entendida.
Le di un par de vueltas y acabé mandándole 10 poesías:

“Yo no lo sé de cierto” y “Vamos a guardar este día…” de Jaime Sabines

“Alargaba la mano y te tocaba” de Antonio Gala

“Dedicatoria” y “Diario de un seductor” de Leopoldo Maria Panero

“Poema XIV” de Pablo Neruda

“Hagamos un poema” de Guillermo Carnero

“Deslumbramiento por el deseo” de Raúl Gomez

“Despedida” de Borges

“La noche” de Eduardo Galeano

Hoy mismo ha salido el artículo en la web, titulado “Las estrellas del porno también leen: Los 5 poemas de Amarna Miller”. Las poesías escogidas han sido las de Gala, Borges, Galeano, Panero y Carnero. Os las dejo por aqui, ¡Espero que os gusten!

 

Hagamos un poema, de Guillermo Carnero

Hagamos un poema,

con tu pie

y mis labios

con la brisa de noviembre

y los aguaceros de junio.

Pintemos de pájaros

y madrugadas

nuestras espaldas sudorosas.

Amamantemos nuestra sed

con el crepúsculo

tímido y solitario

que se corona de lunas

desparramadas

en las gotas

de los inviernos.

 

La noche, de Eduardo Galeano

I

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya;

pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

II

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.

III

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

IV

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.

En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.

La luna tiene dos noches de edad.

Yo, una.

 

Diario de un seductor, de Leopoldo María Panero

No es tu sexo lo que en tu sexo busco

sino ensuciar tu alma:

desflorar

con todo el barro de la vida

lo que aún no ha vivido.

 

Despedida, de Jorge Luis Borges

Entre mi amor y yo han de levantarse

trescientas noches como trescientas paredes

y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.

Oh tardes merecidas por la pena,

noches esperanzadas de mirarte,

campos de mi camino, firmamento

que estoy viendo y perdiendo…

Definitiva como un mármol

entristecerá tu ausencia otras tardes.

 

Alargaba la mano y te tocaba, de Antonio Gala

Alargaba la mano y te tocaba.

Te tocaba: rozaba tu frontera,

el suave sitio donde tú terminas,

sólo míos el aire y mi ternura.

Tú moras en lugares indecibles,

indescifrable mar, lejana luz

que no puede apresarse.

Te me escapabas, de cristal y aroma,

por el aire, que entraba y que salía,

dueño de ti por dentro. Y yo quedaba fuera,

en el dintel de siempre, prisionero

de la celda exterior.

La libertad

hubiera sido herir tu pensamiento,

trasponer el umbral de tu mirada,

ser tú, ser tú de otra manera. Abrirte,

como una flor, la infancia , y aspirar

su esencia y devorarla. Hacer

comunes humo y piedra. Revocar

el mandato de ser. Entrar. Entrarnos

uno en el otro. Trasponer los últimos

límites. Reunirnos…

Alargaba la mano y te tocaba.

Tú mirabas la luz y la gavilla.

Eras luz y gavilla, plenitud

en ti misma, rotunda como el mundo.

Caricias no valían, ni cuchillos,

ni cálidas mareas. Tú, allí, a solas,

sonriente, apartada, eterna tú.

Y yo, eterno, apartado, sonriente,

remitiéndote pactos inservibles,

alianzas de cera.

Todo estuvo de nuestra parte, pero

cuál era nuestra parte, el punto

de coincidencia, el tacto

que pudo ser llamado sólo nuestro.

Una voz, en la calle, llama y otra

le responde. Dos manos se entrelazan.

Uno en otro, los labios se acomodan;

los cuerpos se acomodan. Abril, clásico,

se abate, emperador de los encuentros.

¿Esto era amor? La soledad no sabe

qué responder: persiste, tiembla, anhela

destruirse. Impaciente

se derrama en las manos ofrecidas.

Una voz en la calle… Cuánto olor,

cuánto escenario para nada. Miro

tus ojos. Yo miro los ojos tuyos;

tú, los míos: ¿esto se llama amor?

Permanecemos. Sí, permanecemos

no indiferentes, pero diferentes. Somos

tú y yo: los dos, desde la orilla

de la corriente, solos, desvalidos,

la piel alzada como un muro, solos

tú y yo, sin fuerza ya, sin esperanza.

Idénticos en todo,

sólo en amor distintos.

La tristeza, sedosa, nos envuelve

como una niebla: ése es el lazo único;

ésa la patria en que nos encontramos.

Por fin te identifico con mis huesos

en el candor de la desesperanza.

Aquí estamos nosotros: desvaídos

los dos, borrados, más difíciles,

a punto de no ser… ¿Amor es esto?

¿Acaso amor es esta no existencia

de tanto ser? ¿Es este desvivirse

por vivir? Ya desangrado

de mí, ya inmóvil en ti, ya

alterado, el recuerdo se reanuda.

Se reanuda la inútil existencia…

Y alargaba la mano y te tocaba.

1 comment
  1. El Fornicio, de Gonzalo Rojas

    Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara,
    mi vergonzosa, en esos muslos
    de individua blanca, tocara esos pies
    para otro vuelo más aire que ese aire
    felino de tu fragancia, te dijera española
    mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
    nórdica boreal, espuma
    de la diáspora del Génesis, ¿qué más
    te dijera por dentro?
    ¿griega,
    mi egipcia, romana
    por el mármol?
    ¿fenicia,
    cartaginesa, o loca, locamente andaluza
    en el arco de morir
    con todos los pétalos abiertos,
    tensa
    la cítara de Dios, en la danza
    del fornicio?

    Te oyera aullar,
    te fuera mordiendo hasta las últimas
    amapolas, mi posesa, te todavía
    enloqueciera allí, en el frescor
    ciego, te nadara
    en la inmensidad
    insaciable de la lascivia,
    riera
    frenético el frenesí con tus dientes, me
    arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
    de otra pureza, oyera cantar a las esferas
    estallantes como Pitágoras, te
    lamiera,
    te olfateara como el león
    a su leona,
    parara el sol,
    fálicamente mía,
    ¡te amara!

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